Cinco meses

Cinco meses son los que me han llevado encontrar la inspiración o tal vez las ganas de volver a escribir. Aunque pueda parecer repetitivo, ya lo comentaba por allá en noviembre, sobre como algunos compañeros no encontraban la inspiración para escribir. Todo es muy abrumador cuando acostumbras a ser alguien que solo para al dormir. Como encuentras la inspiración que te ha abandonado hace meses.

Como bien ha mencionado Manoloprofe en su última entrada, El reto nuestro de cada día:

“Escribir no es algo automático, sino provocado, querido, deseado y llevado a cabo, con la satisfacción de cumplir el reto, hacer lo que nos gusta y la alegría de saber que alguien nos está leyendo…”

De eso se trata escribir, de la satisfacción que sientes al terminar un escrito, el hacerlo sin sentir que es una obligación y que no son solo palabras vacías sin un sentido. 

Hace un par de días conversaba sobre el tema con un colega, me cuestionaba el por qué de mi agobio, ya que afortunadamente no me he visto afectada directamente por la situación. Pero como te haces indiferente cuando estas rodeado de pérdidas, aunque no sean de tu entorno más intimo, cuando tu libertad fue interrumpida, sumado a la incapacidad de cruzar fronteras cualquiera sea el motivo. Al ver el panorama bastante oscuro, muchos decidimos dejar de lado las pantallas un tiempo. Y el teclado.

A pesar que todo suena bastante catastrófico, los últimos meses han sido muy beneficiosos. Aprendí a alejarme de las pantallas y disfrutar realmente de los y lo que me rodea, a aceptar nuevos retos tanto a nivel profesional como personal, dije adiós a algunos cuantos y le abrí las puertas a otros. También le di gusto a los pequeños placeres, a esperar el atardecer en la terraza junto a mi perro y mis gatas, a manejar sin rumbo fijo, a sentarme a la orilla del mar, a leer un libro en dos días y a pasar otro descubriendo nueva música.

Y así, cuando menos lo esperas, en el momento no programado, todo fluye, con esa misma ligereza que sientes después de meses de hacer pausas, de enfoque a nuevos horizontes, con una que otra pena y con más batallas ganadas.

Señales de alarma

Por mi propia experiencia, desde que inicie en esta profesión siempre he implementado lo de dar tiempo para hablar y escuchar al paciente. Hace unos meses tuve la oportunidad de conocer a una paciente que me mostraría lo importante que puede ser esto. Cuando esta señora llego a consulta, su estado bucal estaba en muy malas condiciones, necesitaba extracción de varias piezas dentales, abscesos y lo que finalmente la llevo a la consulta, dolor. Ya se lo que pensarán, pero no, no se trataba de descuido. Ese día ella fue acompañada por su esposo, quien se negaba a dejarla sola ni tan solo un segundo y se mostraba bastante dominante, les comunicamos que debían regresar para continuar con el tratamiento, hasta se retiraron sin realizar el pago correspondiente. Regresaron mucho tiempo después, otro de los abscesos se había complicado y sentía mucho dolor, a regañadientes logramos que el esposo saliera del consultorio. Una vez fuera, la paciente rompió en llanto, confesó que no contaba con el dinero para pagar el tratamiento, su esposo no la dejaba trabajar y no le daba dinero, él no le permitía atenderse ni realizar ningún control de salud, solo acudía al centro cuando su mal se hacía imposible de aguantar, era victima de maltrato doméstico y necesitaba ayuda para salir de aquella situación.

Sabemos que la necesidad de hablar por parte de algunos pacientes puede darse como un mecanismo reflejo que busca calmar la ansiedad que les genera la atención, como lo mencione en el artículo ¿Necesidad o ansiedad?  donde tocaba este tema, pero esa necesidad de hablar también puede guardar sus secretos. Hay pacientes que necesitan ser escuchados, si eres receptivo, ellos crearán un vínculo de confianza que permitirá identificar ciertas alertas, algo aplicable a todos los ámbitos de nuestra vida. En mi caso, la paciente desde un inicio pedía a su esposo de manera insistente que saliera, hablaba en exceso, como si con la conversación tratará de alargar su estancia en el consultorio, había pasado por otros departamentos y el personal la regañaba por descuidada, por lo que no se atrevió a pedir ayuda. 

Conflictos o violencia doméstica, abusos, adicciones, entre otras, han sido identificadas en la atención de pacientes. Pacientes que regresan incluso innecesariamente a la consulta, con supuestas molestias que a las pruebas son inexistentes, cuando en realidad es que están escapando de su entorno. Si bien es cierto, esto es más común a nivel de la atención pública, pueden darse casos en la clínica privada. También es común que en muchos lugares el tiempo de trabajo es limitado, pero dentro de lo posible debemos mostrarnos abiertos al diálogo, escuchar y ver un poco más allá de las necesidades directas de nuestro servicio. La atención que brindamos requiere ser integral, debemos saber identificar señales, trabajar en conjunto con otros profesionales y así derivar estos pacientes para que encuentren la ayuda que necesitan según cada caso.

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Ser sensible, no es ser débil

Hace unos meses escribía sobre todo aquello que vamos dejando a quienes se cruzan en nuestro camino, en ocasiones son buenos recuerdos, otras veces sinsabor. Algo que me marcó hace un par de años en una pasajera relación fue que cuando llegó el caos, él me repitiera constantemente que yo era débil. Me llamaba débil por llorar ante ese caos que precisamente él había provocado, débil por la ansiedad que me generaba el sabotaje que hacía a mi vida, por ser capaz de querer en lo que decía era poco tiempo y sufrir el que no estuviera recibiendo más que mentiras de vuelta. Llega un momento cuando te repiten tanto algo que empiezas a tomarlo como tu verdad, y si no despiertas a tiempo, te puede llevar al fondo. Afortunadamente ese no fue mi caso, un buen día me dije, no, no soy débil, recordé momentos de mi vida que fueron de más impacto y sobreviví a ellos.

Lo que más recuerdo, es cuando me dijo que si seguía así siempre iba a estar sufriendo por el resto de mi vida. En retrospectiva, he llevado una vida como mencione en otra entrada: en la que he sufrido menos, pero con más intensidad. Esto lo puedo traducir a que he sentido con mayor intensidad, y sentir con intensidad, no es ser débil. Es como ese pensar de “los hombres no pueden llorar”. Cuando desperté y me dije: basta, no soy débil, encontré mi respuesta… Sí, soy muy sensible. La piel se me pone china con algunas canciones; puedo llorar de felicidad, de tristeza, cuando recibo la noticia de un conocido que murió aunque tuviera meses sin hablar con el o cuando muere el animal en la película; me enojó si me mienten, si maltratan un niño o un animal; soy inmensamente feliz estando frente al mar, me desconecto frente a un atardecer y cuando te veo cantar con guitarra a mano… Por qué, porque estoy sintiendo intensamente cada uno de esos momentos.

Al final, que me repitiera tantas veces que era débil termino dándome la fuerza necesaria para decir adiós prontamente. Con una lección bien aprendida y una inseguridad menos. No somos débil por llorar, por decir que no estamos bien, por sentir ansiedad y buscar ayuda. No somos débil por sentirnos vulnerables ante una ruptura, por vivir un duelo. Claro esta, cuando se trata de sentir dolor, lo importante es no quedarse ahí y si sientes que no encuentras la salida, una ayuda nunca estará de más. Entendí que ser sensible, no es ser débil.

A la antigua

Fui criada a la antigua, posiblemente algo parecido a como mi madre fue criada, con algunas modificaciones y muchas restricciones, especialmente de adolescente. Soy la menor de cinco, la sorpresa no esperada después de once años. Tal vez allí nació el motivo, los errores de mis hermanos trataron de corregirlos en mi. Tenía que ser la versión mejorada de cuatro. Sé que hasta ahora lo he pintado muy mal, pero la verdad es que luego le veo sus bondades.

Por supuesto lo odie de adolescente, tenía todo, pero a la vez sentía faltantes. Aquello de, primero el estudio y luego el novio, y cada cosa en su momento, siempre prevaleció. Las fiestas no fueron muchas, pero muy disfrutadas. Cuando llegaron los 18 las restricciones se fueron levantando poco a poco, algunos momentos los viví con retraso y posiblemente, algunos nunca los experimente. Tal vez no tuve tantos tropiezos como los demás porque fueron retrasados y cuando los tuve más tarde, dolieron más. Eso sí, creo que todo ello me llevo a desarrollar mi buen juicio, en un principio por la presión de mis padres, el temor al regaño y las consecuencias. Luego se me dio natural. Los excesos dañinos nunca se me han dado. Aprendí que no se trata de cuantos momentos, si no de la calidad de esos momentos. Mientras los tan envidiados grupos de amigos de exceso de aquella época se disiparon, mis amigos de momentos aún seguimos en el mismo camino, disfrutando igual y mejor que antes.

Al final, he llevado buena vida hasta ahora. He sufrido menos, pero con más intensidad. Los errores, malas decisiones y arrepentimientos de pronto no han sido tantos. Con una disciplina que me ha llevado por el buen camino profesional. Desarrolle mi gusto por placeres más simples en mis momentos de soledad producto de las ausencias de aquel tiempo. A decir no, cuando no me apetece y a mantener el control cuando las cosas no salen como se esperan. Con los años y los pocos daños, a la antigua lo bueno le veo.

Inmarcesibles

Inmarcesible: que no se puede marchitar.

Inmarchitable, como las palabras que aquí compartimos. Es costumbre con el inicio del año hacer retrospectiva de todo lo que nos dio, quitó, lo que aprendimos, lo que hicimos, todo aquello que falto por hacer en el año que acaba de culminar. Sin lugar a dudas, la lista sería interminable con el 2020, los contras definitivamente serán los vencedores. Nos mantuvimos en constantes altibajos, como mencione en mis últimas publicaciones en muchos hasta nuestro rendimiento en el blog se vio afectado, otros sacaron ventaja y lograron hasta invertir más tiempo en este espacio.

Esa retrospectiva, la traje al blog. Resulta que ha sido el año con mayor estadística de lectura, en el 2017 cuando daba inicio decía “aunque una persona se sienta identificada con mis palabras, lo habré logrado y será más que suficiente”. Para mi sorpresa, la acogida del blog fue mejor de lo que llegue a pensar y cada año crece más, me ha regalado amistades, he aprendido, he recibido consejos. Echando para atrás, también puedo decir que mi escritura y el contenido ha cambiado con los años, cuando empecé, lo hice sin tener un norte claro de qué estaba buscando plasmar, aún hoy en día sigue sin estar totalmente claro, pero podría decir que he ido madurado. Nunca estuve clara con el nombre del blog (Told by Lis), siempre en busca de aquella palabra que definiera mi pensamiento sobre las palabras, hasta que finalmente me percaté que siempre estuvo allí, solo lo ignoraba.

Escribir es terapia, es dejar volar la imaginación, es compartir tus secretos, es buscar más allá, es una conexión con el otro. Aún cuando ya no estemos, nuestras palabras permanecerán inmarchitables, alguien las recordará y las hará suyas, perdurando en el tiempo.

Los comienzos siempre son positivos, que mejor que el inicio de un nuevo año.
Ahora Told by Lis es, Inmarcesibles.

Les puedo desear mil cosas

He estado algo perdida los últimos meses, como muchos hemos desahogado en nuestras publicaciones, nos encontramos algo perdidos y las palabras no salen. Dicen que hay que perderse para encontrarse. Aunque a veces ni tan siquiera sabemos exactamente que es lo que buscamos. Definitivamente que este año nos ha pasado la cuenta, y nos hace echar de menos mucho de más. Durante estas festividades se incrementa ese sentimiento, por más que hemos tratado nada ha sido igual.

No tengo que decir todo lo que nos ha robado el año, las personas que hemos perdido, las que pasamos de ver y de seguro, dejamos de conocer otras más.

Pero también tenemos que ser agradecidos, los que afortunadamente no hemos perdido a ningún ser querido. Los que dentro de la adversidad, logramos cumplir alguna meta. Ya llegará el momento de recuperar el tiempo robado con esas personas que echamos de menos, ir a esas lugares a los que no pudimos ir, a gritar a todo pulmón en los conciertos que tanto añoramos y así, todo lo demás que nos hizo falta este año. Tal vez ahora valoremos más esos momentos, momentos de solo estar.

Les puedo desear mil cosas, pero de todas ellas, les deseo salud. Que la luz llegue pronto para seguir escribiendo aventuras y seguir compartiendo aquí.

Lis

Bendito mar

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Hoy, al ver la felicidad de una joven que estaba frente al mar por primera vez he recordado una  compañera de la Universidad, en un viaje de campo me contó que había conocido el mar aquí en Panamá, en su país para ver el mar tenía que tomar avión a otra provincia y era costoso. Se sorprendió al llegar y ver que no se requiere mucho esfuerzo para encontrarlo, le impactaba lo desinteresados que eramos por el hecho de vivir rodeados de mar. Supongo que pasamos desapercibido aquello que siempre esta ahí.

Al ver la felicidad de esa joven me percaté de lo afortunada que soy de tener el mar tan cerca, solo 10 minutos en auto y allí esta. Durante los meses de confinamiento era lo que más extrañaba, al primer lugar que fui cuando nos devolvieron la libertad. Desde pequeña posiblemente mis mejores recuerdos son con el mar de testigo. Ya verán ustedes que casi todas mis fotos llevan algo de su azul por allí. Es que soy de ese grupo de personas que puede pasar horas de frente sin hacer completamente nada, si de malas voy, de seguro al salir es otra la que ahí va.

El mar significa verano, significa paz, significa música, es fuente de inspiración. El lugar para celebrar y donde creamos momentos. Ya sea en su calma o en su tempestad, el mar tiene ese poder de liberarnos. Solo basta con sentarnos frente a frente luego de uno de esos días para que todo cambie, es que junto a el es fácil aclarar la mente y soltar las penas. Será su profundidad, su inmensidad o tal vez su fuerza lo que le da ese poder de arrastrar nuestros pensamientos. Solo el mar sabe su misterio que nos envuelve, al que siempre quiero volver.

Como diría León Larregui en su canción…
Bendito mar
Que limpias toda la maldad
Retiras toda la ansiedad
Y alivias los sentidos
Me haces convertirme en paz
Me desinfectas la ciudad
Y se me calma el alma.